Poesía

Poemas negros I

I
Mi cuerpo trae raíces
y no en los pies,
ramificadas en venas que
propulsan las ancestras
y no las arterias.
 
Puedo lamer la sal
de las cadenas,
sentir los partos silentes en las bodegas.
 
Mi cuerpo trae cantares, bailes.
Algún secreto osha entre los dientes,
algún grito de violación en las mazmorras,
coros yorubas que nos sanan.
 
Renacer es más que renombrar el mundo.
 
Aquí traigo mis palmas, de cañaveral y de machete.
Vientre de palenque, de cimarrona,
con C de Carlota y C de Cuba.
 
Mi cuerpo pactó con las centellas,
con el ventarrón aquel,
con el diluvio.
 
Así mi corazón se moja,
se limpia del lodo, de sangre vieja,
y mis pies se entierran en las piedras.
 
Alguna vez gesté más que leche, más que savia,
más que fuentes en los pezones,
escurridas hasta la tierra,
alimentando la vida toda que brotaba de mis lechos.
 
Mi cuerpo es político,
sí,
pero es un libro, De historia, de amor, de resistencia.
Cada poro va por página,
desnudo ya,
te ilustra África, las Antillas.
 
Tengo poemas,
cicatrices, versos negros recitados, cantados,
sí,
por cada una de mis lenguas.
II
Mi piel de obsidiana me ilumina en las noches.
Como las panteras, podré tomar cualquier forma,
pero no otro color.
III
La noche duerme sobre mi piel.
La acaricio para que me susurre los secretos del pasado
y se pone tersa esperando el látigo,
o mansa
cuando prepara la rebelión.
 
Se pasea sonámbula por mi pelo,
dejando largas sogas trenzadas
para salvar a las demás de la violación y el cepo.
 
No despierta, y ronca,
ronca boca arriba,
porque está a salvo ya, y llena de estrellas.
Imagen: Leyssy O’Farrill Nicholas, Autorretrato

Madre, mujer negra, migrante nacida en Cuba. Abogada, militante feminista y antirracista. Comunista en el "Reino de Todavía". Ahora escribidora

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