Antirracismo

Nuestro paradigma

Me hicieron dar cuenta que era negra las 24 horas de mi día en Argentina. Fue en el invierno del año 2013, en Buenos Aires, después en Mar del Plata. La gente me hizo consciente a cada minuto de que era negra. Caminaba, bebía en un bar, tomaba un café, entraba a un museo, paseaba en bici y en todo momento me decían “negra” con aquellas miradas congeladas y asustadas, desconfiadas. Si entraba a un lugar caro, se tomaban el trabajo, silenciosamente, de hacerme sentir que aquel no era mi lugar. No me vendieron boletos para el metro por ser negra. Así es que mientras vivía y respiraba, también pensaba en mi color, y eso no era normal.

Desde entonces que más profundamente ejercito la memoria sobre los eventos racistas que de manera más temprana me marcaron, y en la misma medida me definieron. Estaría en tercer grado de primaria cuando al salir de la escuela mis amiguitas me preguntaron por qué era negra. Mi respuesta: mi mamá tomó café muy caliente mientras estaba embarazada de mí, y me quemé; a lo que me replicaron: aaah, no te preocupes, eres negra por fuera pero blanca por dentro. Podrá ser tierna mi respuesta, pero es muy duro para una niña tener que dar explicaciones sobre aquello en que lo hacen sentir diferente y que hasta ese minuto había sido intrascendente.

También la familia consanguínea— aquella que con el mestizaje y el ajiaco de Fernando Ortiz salieron casi blancos— cada vez que, para referirse a un trabajo mal hecho o sobre un comportamiento público incorrecto, decían “la negrada” e inmediatamente se disculpaban “aunque bueno, no es con ustedes, ustedes no son negros”. Nosotres, la familia.

Y luego, mil historias más: noviecitos que no me tomaron nunca de la mano en público, familiares políticos que me rechazaron, padres y madres de amiguitas de la escuela que no me dejaban juntar con sus hijas—cuyas hijas después me revelaban que sus padres se habían equivocado conmigo—, incredulidad ante mi oficio de abogada al punto tal que me mandan mensajes solo para comprobar si realmente lo soy, estereotipación como prostituta, bailarina o cantante, identificarme siempre con la policía, y un largo etcétera.

El racismo

El racismo siempre encuentra lógicas y dinámicas donde renovarse, si ayer fue mediante el racismo científico, el que le otorgó los más sólidos cimientos, hoy se mantiene hasta con los chistes y el humor, ese espacio de opresión que todos validamos mediante la risa, pero donde (casi) siempre un grupo poblacional resulta humillado, descalificado. Pero ¿qué pasa si no nos reímos? Inmediatamente se califica de exageración o complejo.

Querer confundir la denuncia que hacemos sobre el racismo y sus diferentes manifestaciones con exagerar o con decirle al otro acomplejado solo porque está detectando y diciendo que un determinado acto es racista, es la postura más cómoda para no hacerse una revisión de cuánto racismo hemos heredado y de cuánto seguimos reproduciendo.

Es incómodo, no lo niego, darse de cuenta del racismo internalizado, pero tratar de acomplejados y exagerados a aquellos que históricamente fueron negados como personas mismas, que traen en sus espaldas el peso de la esclavitud, que fueron los inferiorizados, es solo más racismo y más opresión.

El racismo al revés

Hablemos de los privilegios, es la única manera de entender que el racismo al revés no existe.

Cuando en una oferta de empleo sabes que, como persona blanca, te van a seleccionar aunque tengas menos méritos curriculares que una persona negra. Cuando sabes que en la noche, si eres una persona blanca, la gente va a rehusar menos de ti por caminar cerca tuyo que si fueras una persona negra. Si ante las autoridades sabes que es menos probable que tú seas el delincuente en comparación con una persona negra. Si a tu pelo de persona blanca no le dicen que está sucio o que así no lo puede llevar a la escuela o al trabajo como se les dice continuamente a las personas negras. Si no tienes que demostrar triplemente tus habilidades como trabajador para que confíen en ti porque ser blanco conlleva varios votos de confianza. Si eres mujer blanca y no tienes que esforzarte para que crean en tu “decencia” como muchas mujeres negras tienen que hacer. Si, en fin, no te criaron inconscientemente en que tienes que esmerarte como persona blanca para que te parezcas en TODO a las personas negras, para que aceptes e imites las costumbres y las culturas negras, entonces tienes privilegios, solo por haber nacido blanco.

Las personas negras no sabotearon, ni intervinieron, ni destriparon todo un continente blanco. Las personas negras no esclavizaron masivamente a blancos y blancas durante siglos. No demostraron pseudocientíficamente que los blancos son inferiores y son más animales que personas por sus características morfológicas. No condenaron la belleza blanca para que fuera despreciada e indeseada hasta por los propios blancos. No dominan a base de saqueos y guerras los pueblos blancos. Las personas negras no crearon el apartheid y tampoco segregaron legalmente por décadas y décadas a las personas blancas. Por todo eso y más no existe el racismo al revés.

Histórica, social y culturalmente el grupo opresor han sido las personas blancas porque tienen los privilegios, y porque los privilegios van montados sobre la jerarquía de la opresión, y los oprimidos siempre han sido las personas negras. El racismo al revés, repito, no existe.

Comparar los prejuicios y discriminaciones que pueden vivirse como personas blancas con el racismo, me parece torcido y con una vagancia profunda a quererse revisar, ya que, después de vivir esos prejuicios y discriminaciones, doblan la esquina y encuentran un nicho donde salen como privilegiados. Sin embargo, nosotres, las personas negras, por más que doblemos y doblemos las esquinas siempre tenemos que luchar contra la pared del racismo, que no es solo una manifestación de prejuicio, es un sistema sólido e histórico de opresión y de discriminación.

El antirracismo

Escribió Víctor Fowler “Ser persona antirracista no es una meta a la cual se llega ni una distinción o calificativo que portar como una medalla ganada, sino un camino de desarrollo multidireccional por el que humildemente se avanza gracias a la fuerza de las convicciones y a la vigilancia sobre uno mismo, aquellos que nos rodean y las diversas instancias de la sociedad en la que habitamos.”[1]

No tengo mucho más que aportar. Si acaso decir que como activistas antirracistas no solo estamos a la mira de este racismo renovado que nos toca deshebrar y desmontar, sino que además de denunciar, también tenemos que producir conocimientos y nuevas epistemologías para una lucha verdadera contra el racismo, sabiendo ya que se es racista no por ignorancia.

Los discursos de odio

No se tienen discursos de odio cuando se está denunciando al racismo o cuando se señalan a los sujetos privilegiados. Son denuncias, solo eso, por más que moleste. Cuando nos agrupamos o creamos alianzas, estamos reivindicando nuestra existencia negra, a pesar del intento de exterminio sobre un continente entero. Cuando celebramos las fechas dedicadas a la negritud, a África y a nuestros ancestros y ancestras, es porque nos han arrinconado como la excepción, es porque estuvimos invisibilizados durante siglos y porque nos costó y nos sigue costando mucho cada derecho adquirido y el sueño de la igualdad.

Solo por eso. No porque seamos sectas ni tengamos discursos de odio. De hecho, el paradigma blanco, no es nuestro paradigma.


[1] https://negracubanateniaqueser.com/2019/12/27/un-ejercicio-de-auto-etnografia/?fbclid=IwAR0HHVLhSHCyuxZdtpJ6gz89Pw99QtQanutAUclfMVmzx4YhwSw8JPUfJqo

Madre, mujer negra, migrante, feminista y zurda. Nacida en Cuba. Abogada y militante. Ahora escribidora

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