Mujeres en La Realidad

Leche en las tetas

Cuando confirmaron mi embarazo, me sentí una perra, luego una mamífera, y finalmente una animal gestante.

Las emociones no estuvieron ajenas a los conflictos llenos de presente y desbordados de futuro. Y a pesar de mis capacidades reflexivas, de la felicidad y angustias sobrevenidas, no dejaba de sentirme una perra.

Fue el punto de quiebre en mi autopercepción, hacia esa mirada otra del mundo. Aunque parezca contradictorio, nunca antes me había sentido tan rebosada de humanidad y conciencia, tan viva, tan consciente de mi materialidad orgánica y de mi sentipensar cada día más voluminoso, poliforme e hibridante.

No estaba más en interacción con el reino animal y vegetal, pertenecía a él de manera simbiótica.

En mi vientre se gestaba un embrión, algo que después tendría huesos y sangre y órganos y viviría dentro mío. Ya no sentía mis abdominales voluptuosos de gimnasta equilibrando sin riesgos su propia viga, había pasado a percibir cierta lucidez desde mi centro hacia todo lo demás, interconectada con mi potencia, mi amor y mi autocuidado.

Me sentí cueva y me sentí milagro. Esa mística que rodea la gestación, la panza grande, la vida dentro de una vida, tiene dosis de milagro, de magia, de incompresión. Tanto nos dibujan la superioridad del raciocinio y el homo sapiens que cuando nos muerde la carne nuestro mamífero necesariamente tenemos que arrancarnos las caretas de la hipocresía.

La persona racional que habitaba en mi intelecto escapó un tiempo de mi piel y la mujer cavérnica vino a ocupar todos los espacios quedándose para siempre—aunque volviendo a convivir.

***

Meses después se embarazó mi perra y nos hicimos compañía. Yo le acariciaba la barriga, trataba de adivinar la cantidad de hijes que traía en la tripa mientras le palpaba con la yema de mis dedos. Cerraba los ojos y se dejaba mimar. A veces, pocas, me olía la mía. Cuando me enfermé, se enfermó. Cuando no quiso caminar más y tembló de estupor, salí corriendo a asistirle el parto. La familia esperaba mi alumbramiento, pero ella se adelantó con una cesárea.

Le había calculado tres perritos, pero venía uno solo. Un milagro. Nació negro por la falta de oxígeno. Me dijeron “frótalo si quieres que viva”, y lo calenté con mis manos desesperadas y apoyándolo sobre mis nueve meses de embarazo. Pasó a tener un color dorado champagne y el hocico se le puso rojo, vivía. Otro milagro.

Al día siguiente no quiso amamantar más. Rechazó al hijo, huía de él. “Es uno de los efectos de la anestesia”, me dijo el veterinario. No quería comer, se escondió varios días en la esquina más oscura de la casa, de ese rincón no quería salir ni para tomar agua. Había llegado un intruso a su vida y se sentía mal, concluí. No lo parió, sino que la durmieron y despertó destrozada. Estaba profundamente triste, angustiada y se estaba recuperando de ese trauma por el que casi pierden—ambos—la vida. La maternidad no es un instinto, sentencié.

En su lugar “natural”, fue mi perro—el padre—el encargado de enseñarle al hijo las dinámicas de una vida de perro. A levantarse del piso, a caminar, a hacer caca y limpiarse, a cruzar la calle, a comer y limpiarse la pelambre de la boca, a detectar amenazas, a gruñir, a no “ensuciar” dentro de la casa, a disputar territorios y a marcarlos, a mear como perro y no como perra, a ser valientes hasta con los grandes, a regresar siempre a casa desde cualquier lugar. Le sacaba las pulgas con sus dientes, le limpiaba las orejas con la lengua, le curaba las heridas, lo regañaba, lo llevaba a dormir temprano. Todo, menos la teta.

***

Al poco tiempo di a luz. Atenta a mi reacción, por fortuna fue totalmente contraria al de mi comadre. Ese amor implosivo y multiplicante no encuentra aún versos para expresarse, solo mis lágrimas, horas después de su primer y único gran alegre llanto.

Durante los dos primeros días la lactancia no le pude satisfacer a mi niño y hubo que complementarle con la leche materna de otras mamás. Me dolían los senos, me los masajeaba y nada.

Un día, saliendo de la ducha, sentí una gotera en el baño que me había mojado el pie. “No es posible”, me contestaron al dar aviso. Entré una vez más al baño, y mientras buscaba la causa de mi pie mojado me vi en el espejo con el vestido mojado por mi leche. Corrí a darle de comer, no recuerdo si dolió o no, sé que fui inmensamente feliz y me sentí completamente plena de tener leche en las tetas.

Me chorreaba la leche, humedecía la ropa, encharcaba la boca de mi hijo, perdí la piel de uno de los pezones y, a pesar de esa molestia por suerte pasajera, la dicha solo iba in crescendo.

Poco tiempo después un “accidente” estrepitoso y disruptivo interrumpió irreversiblemente mi oasis de crianza y, en consecuencia, la leche se me fue secando. “Es el estrés”, “es el disgusto”, “no llores que es peor”. Tomé todos los remedios caseros y tradicionales pero aquel pozo blanco se secó repentinamente. Solo la felicidad, el sostén de la vida, la familia cobijante y el compañere corresponsable, son capaces de proporcionar esa savia primigenia.

Mi tiempo de mamífera terminaba. Volví lentamente a este, el mundo de los humanos, de las humanas, de les sapiens. Hay un cordón que no se corta nunca y se queda alojado en los genes de la memoria, esa que es espiritual y física. En cada aniversario reactivo, mediante el recuento de aquellas horas, el espacio de tiempo en que me abandoné al mundo vivo, y nada más que vivo, interdependiente, correlacionado, tan igual y tan sano.

De ese espacio de tiempo conservo los aprendizajes más rotundos, más indescritpibles y amorosos.

En este mundo roto, lo conservo como el oxígeno—imprescindible— que respiro. Será siempre mi combustible para seguir teniendo esperanzas, para seguir soñando que el cambio no es tan difícil. Vivimos en él, solo hace falta encontrar la arteria que nos une y nos conecta con lo omnipresente, con la cosmovisión de la vida toda. Mi arteria, mi vena, mi raíz conectora, no fue más que un embrión y la leche. La leche de mis tetas.

Imagen: La imagen es un lienzo que amablemente su autora, Kate KittyStarArt, autorizó a que acompañara este ensayo. Título: Dreamfeeding o Alimentación de los sueños.

Madre, mujer negra, migrante nacida en Cuba. Abogada, militante feminista y antirracista. Comunista en el "Reino de Todavía". Ahora escribidora

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *