Mujeres en La Realidad

La habitación propia de una madre migrante (una mirada desde la pandemia)

Virginia Woolf escribió en su ensayo “Una habitación propia” sobre las condiciones necesarias para que una mujer pueda escribir: una habitación propia y dinero con el cual mantenerse a ella misma. Básicamente. Aunque también se refirió a la asignación total de los trabajos de cuidados hacia las mujeres, al yugo del matrimonio tradicional y a la obligación de reproducirse. A su vez, demostró la enorme brecha entre hombres y mujeres escritoras en el mundo académico, dada también porque, desde las edades tempranas, el acceso a la educación era abiertamente diferente.

Y pienso en Virginia cada vez que escribo. No pretendo negar toda su visión porque son ciertas y aun actuales, pero esas variables me hacen pensar en otras.

Kimberlé Crenshaw introdujo el concepto de interseccionalidad para explicar los condicionamientos de cada mujer frente a la vida y frente a la sociedad según su raza, su clase, su género, su orientación sexual y todos aquellos ejes de opresión que pueda llevar a una persona a un lugar más o menos ventajoso. Es decir, con la interseccionalidad se llega a explicar que no todas las mujeres sufrimos la opresión patriarcal por género de la misma manera, porque también nos interseccionan otros factores como el clasismo y el racismo, por lo que el género no lo vive de la misma manera una mujer blanca de clase media a una mujer negra trabajadora, o una mujer blanca con derechos ciudadanos a una mujer indígena migrante.

Y es aquí, en este punto de mi propia interseccionalidad como mujer madre migrante, que los principios trascendentales planteados por Virginia para que una mujer “pueda escribir” no me describen del todo, y por ello adiciono, no tanto como ejes de opresión sino como mecanismos de dominación que son necesarios nombrar, la soledad y el tiempo.

Antes de la pandemia

Ahí tenía mi habitación de homeworker siempre vacía, ocupada durante el tiempo necesario para completar trabajos que me requirieran más concentración. Lo demás lo iba haciendo por toda la casa, principalmente sobre la mesa de la cocina-comedor.

Ser madre—en la forma convencional— no solo implica asumir la crianza y los trabajos de cuidados y del hogar de manera desproporcionada en cuanto a género, sino que implica asumirla en soledad. Por más que mi compañero comparta equitativamente estas labores—porque así lo hace—no es suficiente. Razón por la que me replanteo que la solución esté, solamente, en la redistribución equitativa del programa doméstico.

La idea de la autosuficiencia del individuo instaurada con el advenimiento del Estado Moderno nos ha encapsulado como familias que se tienen que resolver por sí solas todos los problemas. Lo colectivo, la comunidad, han sido variables que han quedado no solo relegadas sino despreciadas en nuestras culturas occidentales, y por demás, pedir ayuda se ha convertido también en un síntoma de ineficiencia, de incapacidad. La idea del éxito familiar viene aparejada también con el de individuos autosuficientes.

Aislarnos—desde aquellos tiempos, que parecen lejanos ya, lo estábamos asumiendo como antesala a las condiciones actuales— no ha sido más que un logro sistémico para mantenernos esclavos de la producción afuera y la reproducción de la vida dentro de las casas, desarmados de iniciativas colectivas. Al sistema le es funcional mantenernos solos, ocupados en producir y sin tiempo para desplegar alternativas. Por eso creo que, aunque sí es tan importante como una quimera compartir equitativamente la crianza y los trabajos de cuidados, no es lo único que nos salva de esta opresión.

¿Y por qué la migración? Porque la mayoría de las veces la familia, las redes de amistades creadas desde la infancia, en ese concepto amplio y siendo lo más cercano que conocemos de lo colectivo, desaparece, y la soledad en la crianza es aún mayor, y en mi caso es por ambos lados, somos madre y padre migrantes. Pero, además, porque siempre las personas “no ciudadanas” nos enfrentamos en desventaja al mercado laboral, y contamos con menos amparo legal para nuestros derechos laborales.

Este panorama, pre-pandemia, indica que ya existía una crisis social, quizás no comprendida en su articulación, quizás entendida de manera fragmentada aún. La crisis de los cuidados no siempre ha sido vista desde el problema sistémico de raíz, como eje de opresión estructural. Lo mismo con las crisis migratorias, el desempleo, la pobreza feminizada y, aunque se ha analizado poco, la soledad.

Esta soledad nos hace sentir que el problema es privado y, entonces, que las soluciones a los problemas también lo son. Esta soledad nos hace ver los problemas previamente mencionados de maneras independientes, aislados, y no interconectados. Lo mismo que considerar al Estado como una ficción impersonal sin poderes ni facultades de intervención en estos “asuntos personales”.

Durante el confinamiento

La falta de escuelas, la casa siempre habitada que genera más desorden y suciedad, sustituir a las maestras, acompañar en las teleclases, hacer de sus amigas y sus amigos, jugar más de lo habitual, acompañar más de lo habitual, son grandes retos. Teniendo como contexto la crisis sanitaria, los trabajos de limpieza e higiene en el hogar se duplican, al mismo tiempo que tenemos que limpiar más asiduamente aquellos rincones por los que pasábamos normalmente una vez al mes, como las cerraduras, maniguetas, tiradores e interruptores. Hay que desinfectar bien las verduras y los alimentos, también la paquetería y todo lo que entre a la casa. La elaboración de las comidas y meriendas se incrementa también, proporcionalmente, el lavado de la vajilla y los utensilios de cocina.

Si antes existía una crisis en los cuidados y en el trabajo del hogar, remarcado por la soledad, ahora se incrementan exponencialmente, y ya no solos sino aislados. Ahora la carga mental, el esfuerzo por cumplir con el trabajo doméstico y con el empleo “formal” no apunta ya a una triple jornada, como me señaló enfáticamente una amiga, es una jornada interminable.

Siempre me he sentido privilegiada de hacer teletrabajo, sin embargo, en estas condiciones se dificulta extraordinariamente cumplir con las obligaciones laborales en iguales proporciones de “eficiencia”. Ya mi “oficina” pasó al área de juego de mi hijo por muchas razones, entre ellas, que mi herramienta de trabajo se convirtió a su vez en su herramienta escolar.

Es decir, la teoría de Virginia se agudiza en estos tiempos, la habitación propia de una madre migrante se desdibuja con más intensidad. Porque, paralelamente, si los ingresos económicos se resienten para todes, más aún para una trabajadora migrante freelancer sin las completas prestaciones de la ley y de la seguridad social, también como emprendedora que incursionaba en el sector del turismo, paralizado y venido abajo.

La teoría feminista implosiona para todos lados: los cuidados, la precarización, el género, el trabajo en el hogar, la violencia, la pobreza, y todas las opresiones estructurales que ya estaban en crisis se revelan hoy en su estado más crítico. La soledad la estamos sintiendo casi en términos absolutos, entendida desde el desamparo de los sectores públicos hasta la ausencia física de las demás personas. El neoliberalismo en su máxima expresión nos muestra un sistema en obsolescencia.

En el escenario actual no hay manera de no atender a estas crisis de forma articulada, como la interseccionalidad, causa y efecto de unas con otras. Ya no hay manera de no interpelar a los Estados, de reivindicar más que nunca que todo lo personal es político.

¿Qué viene después?

Las crisis en crisis nos deben movilizar la conciencia y las fuerzas. Si los problemas están interrelacionados, las soluciones también tienen que estarlo.

Por mi parte voy a expandir la habitación de Virginia. Quiere decir que, si antes escribía en el transporte público, dejando notas en el celular, en una libreta caótica, grabando audios mientras camino o con Marcos encima mío, hoy escribiré con hechos, actuando, quizás no más pero sí de mejor manera. Buscando alternativas en colectiva para incidir en las agendas políticas a pesar del distanciamiento. No esperar a que todo pase. Aplicaré la teoría feminista desde mi propio centro. Estrecharé la brecha entre lo escrito y las acciones, lo que no se debe traducir en responder a la superproducción mediática de la cuarentena, sino en lo que ya estamos haciendo pues continuarlo con más conciencia, de formas más asertivas y que, como movimiento, los cambios que sobrevendrán no nos agarre dormidas en los laureles.

Las tareas del hogar a fuerzas se han equilibrado más. Le enseño a mi hijo la connotación y el alcance de la interdependencia, que las actividades realmente esenciales en la vida— como nos está mostrando este confinamiento– son las que hacemos y fortalecemos todos los días de manera amigable: doblar la ropa, secar el piso, tender la ropa al sol, tejer y coser, darle de comer a las perras, regar las plantas, sembrar, no maltratar a ningún ser vivo, no romper, guardar, acomodar, barrer (mal, pero barrer). Todo esto lo hacía antes, pero creo que ahora con más conciencia de mi parte y tratando de hacer ósmosis. Los niños y las niñas serán les habitantes del futuro.

También ampliar las redes, interconectar, crear grupos de debate y de ayuda, crear alternativas ante las ausencias públicas, organizándonos, creando alianzas, sumarle a las demás, si crecen ellas, crecemos todas. Y aunque algunas creen que ya son abanderadas de la sororidad, todavía estamos puestas a prueba por la vida y por el día a día, hay competencias disimuladas y latentes aún con la pandemia, competencias y sexismos dentro del movimiento que hay que destruir con un trabajo interno feroz, eso también es extender la habitación de Virginia. Comprender que además de colegas, somos personas latiendo, eso si se quieren crear alianzas duraderas y no enlaces de interés perecederos.

Y para continuar con las agendas que contribuyan a crear caminos CON salidas, releamos sobre crítica ecofeminista y sobre economía feminista. Nos urge voltear la mirada a los feminismos que consideramos otros y que ya tienen muchas respuestas a nuestras interrogantes, ya implementaron soluciones que nos pueden cubrir las incertidumbres. Hablo de los feminismos negros, de los comunitarios, de los indígenas, los decoloniales, en fin, los no hegemónicos.

Frente a la soledad, lo colectivo, las redes, las organizaciones concatenadas. Adueñarnos y nombrar sin miedo (lo que no se nombra no existe) las palabras neoliberalismo, público, político, interdependencia, feminismo, redistribución de la riqueza, comunidad, sea para combatirlo o para aplicarlo. No olvidar nunca que las opresiones son estructurales y sistémicas, y que el neoliberalismo se alimenta de patriarcado.

Transformar todos los espacios privados en políticos parecería desmedido, pero mientras más arrinconadas estemos como personas, menos posibilidades de considerarnos sujetos y sujetas políticas, con capacidades, derechos y obligaciones que exigirle a los Estados. Interpelar por más políticas públicas que ayuden a revertir esta crisis generalizada.

Ganando espacios públicos, ganaremos derechos y garantías. Ganándolos, tendremos tiempo, y una habitación propia para cada una de las mujeres.

Imagen: Annick Woungly, https://www.facebook.com/annickwounglydesigner/

Madre, mujer negra, migrante, feminista y zurda. Nacida en Cuba. Abogada y militante. Ahora escribidora

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